Capacitación Intesiva: "Blindaje educativo y planificación 2026"

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La Primacía de la Familia frente al Monopolio Estatal: El Derecho del niño a preservar su Identidad.

16/01/2026  
Por Eloísa Troya  

"El objetivo de la educación totalitaria nunca ha sido inculcar convicciones, sino destruir la capacidad de formarlas."  
Hannah Arendt 

En el complejo tejido de las sociedades modernas, surge una tensión fundamental: ¿quién ostenta la soberanía sobre el alma y la mente de la niñez? La respuesta, aunque a menudo oscurecida por el intervencionismo estatal, reside en un principio ontológico y jurídico inalienable: la educación es un derecho originario de la familia, no una concesión del Estado.  
Como bien señala el pensamiento iusnaturalista, el "hogar" no es una estructura de cemento; es un ámbito de protección por excelencia. Mientras que la "casa" es un concepto inmobiliario, el hogar es el ecosistema donde se gesta la identidad. En este sentido, la educación en el hogar no es una alternativa pedagógica, sino la extensión natural del deber parental. 
Desde la perspectiva del Derecho Canónico (Cánon 793 §1), se reconoce que los padres tienen la obligación gravísima y el derecho de educar a su prole, siendo una misión que emana de la propia naturaleza de la unión familiar. Esta visión coincide con la máxima de que salvaguardar el Interés Superior del Niño es, intrínsecamente, salvaguardar su vínculo con la familia.  
El artículo 26.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es taxativo: "Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos". Este derecho no es secundario ni delegado; es anterior al Estado. 
Cuando el Estado pretende monopolizar la conciencia infantil, incurre en lo que el derecho internacional califica, en sus extremos, como una forma de erosión de la identidad. La historia nos ha dado lecciones sombrías: la desintegración de la identidad cultural —como ocurrió en los regímenes totalitarios del siglo XX— es la antesala del genocidio cultural. La identidad que el niño recibe de su familia es su escudo contra la arbitrariedad del poder.