Hay una verdad que aprendí antes de tener palabras para nombrarla. Fui abandonada antes de cumplir dos años. No por el Estado, no por un sistema, no por políticas públicas. Por mis padres. Y lo que me salvó no fue un organismo de protección, no fue una escuela, no fue un protocolo de intervención. Me salvó una mujer mayor, de casi 60 años: mi tía abuela Julia. Ella fue quien me tomó en sus brazos y me enseñó —con su ejemplo, no con discursos— que estudiar no solo saca de la ignorancia. También preserva. Resguarda. Hace libres.
Esa es mi primera fuente. No un tratado jurídico. Una mujer con las manos callosas que entendía algo que muchos doctores en derecho todavía no comprenden: que la educación no es un servicio que se presta. Es un vínculo que se construye. Y ese vínculo, cuando existe, es el escudo más poderoso que un ser humano puede tener frente al mundo.
Hoy quiero hablar sobre eso. Sobre lo que la educación en el hogar protege cuando se ejerce con amor y responsabilidad. Y sobre lo que el Estado destruye cuando pretende que su monopolio sobre la formación de la conciencia es sinónimo de protección.


