Hoy quiero traerles una lectura necesaria. En su ensayo "Hacia una ética de la lucidez", nuestro querido amigo y psicólogo Gabriel Bertrand reflexiona sobre la crisis de Occidente, la pérdida de sentido y una generación educada bajo promesas que la realidad ya no puede sostener. Al referirse a una idea desarrollada por Arturo Pérez-Reverte, afirma que se educó a los jóvenes para un mundo que ya no existe: un mundo donde el progreso sería continuo, la violencia pertenecería al pasado y la tecnología resolvería los problemas que la historia no había podido resolver. Pero debajo de esa promesa —señala Bertrand— permanecían la muerte, la enfermedad, la guerra, la precariedad y el fracaso. Las reflexiones de Bertrand contienen una fuerza incómoda porque no describen solamente una equivocación pedagógica. Describen, a mi entender, una forma de civilización. Una sociedad que, en su intento de proteger a las nuevas generaciones de todo sufrimiento, terminó dejándolas menos preparadas para enfrentar la realidad.
Se les ofreció comodidad, pero no siempre fortaleza. Información, pero no necesariamente sabiduría. Tecnología, pero no siempre criterio. Se les habló de derechos, posibilidades y éxito, pero muchas veces se evitó hablar del límite, la responsabilidad, la pérdida y las consecuencias.
El problema no es que los jóvenes hayan recibido una educación optimista. El problema es que se les haya transmitido una visión incompleta del mundo. Nadie puede construir una vida verdaderamente libre si fue educado bajo la ilusión de que toda dificultad es una anomalía, todo fracaso una injusticia y todo dolor un error que alguien más debe solucionar.
Educar no consiste en ocultar la realidad para preservar una infancia artificialmente protegida. Consiste en acompañar a la persona para que pueda mirarla sin quedar destruida por ella. La muerte, la enfermedad, la guerra, la precariedad y el fracaso no deben convertirse en objetos de fascinación ni en motivos de desesperanza, pero tampoco pueden ser expulsados de la conversación educativa.
La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero no puede reemplazar el juicio, la conciencia ni la responsabilidad. Ninguna plataforma enseña por sí sola a distinguir el bien del mal, a perseverar cuando no hay resultados inmediatos o a sostener a otro ser humano en medio de la dificultad.
Por eso este ensayo también interpela a la familia. La familia no tiene que formar hijos incapaces de sufrir, sino personas capaces de atravesar el sufrimiento sin perder la dignidad, la esperanza ni el sentido de responsabilidad. No debe preparar únicamente para aprobar exámenes o ingresar a instituciones, sino para vivir en un mundo incierto y participar en su transformación.
La lucidez de la que habla Bertrand no es pesimismo. Es una forma adulta de esperanza: mirar la realidad completa, sin negar sus heridas y sin entregar el futuro al miedo.
La pregunta que queda abierta es esencial: ¿estamos educando para el mundo que todavía imaginamos o para el mundo real que nuestros hijos tendrán que habitar?
Que la lectura de Bertrand nos empuje a salir de la tibieza. Ese sería el primer paso.
El problema no es que los jóvenes hayan recibido una educación optimista. El problema es que se les haya transmitido una visión incompleta del mundo. Nadie puede construir una vida verdaderamente libre si fue educado bajo la ilusión de que toda dificultad es una anomalía, todo fracaso una injusticia y todo dolor un error que alguien más debe solucionar.
Educar no consiste en ocultar la realidad para preservar una infancia artificialmente protegida. Consiste en acompañar a la persona para que pueda mirarla sin quedar destruida por ella. La muerte, la enfermedad, la guerra, la precariedad y el fracaso no deben convertirse en objetos de fascinación ni en motivos de desesperanza, pero tampoco pueden ser expulsados de la conversación educativa.
La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero no puede reemplazar el juicio, la conciencia ni la responsabilidad. Ninguna plataforma enseña por sí sola a distinguir el bien del mal, a perseverar cuando no hay resultados inmediatos o a sostener a otro ser humano en medio de la dificultad.
Por eso este ensayo también interpela a la familia. La familia no tiene que formar hijos incapaces de sufrir, sino personas capaces de atravesar el sufrimiento sin perder la dignidad, la esperanza ni el sentido de responsabilidad. No debe preparar únicamente para aprobar exámenes o ingresar a instituciones, sino para vivir en un mundo incierto y participar en su transformación.
La lucidez de la que habla Bertrand no es pesimismo. Es una forma adulta de esperanza: mirar la realidad completa, sin negar sus heridas y sin entregar el futuro al miedo.
La pregunta que queda abierta es esencial: ¿estamos educando para el mundo que todavía imaginamos o para el mundo real que nuestros hijos tendrán que habitar?
Que la lectura de Bertrand nos empuje a salir de la tibieza. Ese sería el primer paso.
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