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El Ocaso de la Presencia

 Por Gabriel Bertrand

Introducción: El eclipse de la velocidad orgánica

La crisis de la medicina contemporánea suele abordarse desde la superficie de sus fallos administrativos o la inequidad en el acceso a sus productos. Sin embargo, una mirada que aspire a la resonancia con la totalidad de los fenómenos debe situar la pregunta en un estrato más profundo: la mutación ontológica del acto médico. Como sociedad, hemos transitado de una práctica basada en la atención flotante y la presencia plena —lo que podríamos denominar la velocidad orgánica del encuentro— hacia una arquitectura técnica de la salud que opera bajo la lógica de la línea de montaje.

Esta transición no fue el producto azaroso del progreso científico, sino una convergencia de paradigmas que se cristalizaron a comienzos del siglo XX. Lo que hoy experimentamos como una deshumanización del encuentro es el resultado de una tecnificación de la mirada que ha priorizado la gestión administrativa sobre el arte del encuentro humano.

Cuando el Estado mece la cuna.

Por Eloísa

Hay decisiones judiciales que, antes de ser analizadas jurídicamente, deben ser nombradas por lo que son, despojadas de toda jerga burocrática. Hoy vengo a hablar de la sustracción de una bebé de seis meses de los brazos de su madre biológica. No existe en el diccionario un solo tecnicismo que logre neutralizar o suavizar el frío peso de este hecho. El expediente judicial podrá etiquetar la maniobra bajo el rótulo de una medida cautelar de custodia provisoria, pero en el territorio de lo real lo que ocurrió fue un desgarro: una niña que todavía mama fue arrancada de su hábitat biológico, 
confinada a la custodia de un tercero colateral ajeno a su linaje de origen, mientras su madre quedaba reducida al vacío emocional y a cuatro horas diarias de visita en un régimen restrictivo y sin derecho a pernocte. Todo esto ocurrió sin un solo maltrato probado, sin una brizna de negligencia documentada y sin ninguna incapacidad psiquiátrica atribuible a la madre. Al contrario, el caso presentaba los controles pediátricos al día, la vacunación estricta y las evidencias más obvias del cuidado entregado con amor.
La resolución judicial que originó esta fractura no se fundó en un daño cierto sobre la niña, sino en un conflicto interpersonal entre adultos, haciendo que fuera castigada por una guerra que no es suya, tomada como rehén de caprichos y de falta de acuerdos. Ese es el punto de partida. Todo lo demás —la neurociencia, el bloque de constitucionalidad, la doctrina de la Corte Interamericana de Derechos Humanos— no hace más que confirmar lo que la razón elemental y el corazón ya saben de antemano: lo que le hicieron a esta niña está mal. Jurídica, científica y humanamente mal.

Agostina también iba a la escuela.


Hay una verdad que aprendí antes de tener palabras para nombrarla. Fui abandonada antes de cumplir dos años. No por el Estado, no por un sistema, no por políticas públicas. Por mis padres. Y lo que me salvó no fue un organismo de protección, no fue una escuela, no fue un protocolo de intervención. Me salvó una mujer mayor, de casi 60 años: mi tía abuela Julia. Ella fue quien me tomó en sus brazos y me enseñó —con su ejemplo, no con discursos— que estudiar no solo saca de la ignorancia. También preserva. Resguarda. Hace libres.
Esa es mi primera fuente. No un tratado jurídico. Una mujer con las manos callosas que entendía algo que muchos doctores en derecho todavía no comprenden: que la educación no es un servicio que se presta. Es un vínculo que se construye. Y ese vínculo, cuando existe, es el escudo más poderoso que un ser humano puede tener frente al mundo.
Hoy quiero hablar sobre eso. Sobre lo que la educación en el hogar protege cuando se ejerce con amor y responsabilidad. Y sobre lo que el Estado destruye cuando pretende que su monopolio sobre la formación de la conciencia es sinónimo de protección.