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Almas frente a la Burocracia del Vacío

"Amar sin nadie
vaya cosa triste
sin nada que abrazar
ni eva que nos abrace...
Amar con alguien
Vaya cosa buena."
Mario Benedetti 

 

 

Staccato. Moderato...  ma non troppo.

 El 28 de septiembre de 2004, a las 7:35 de la mañana, la aparente calma del Instituto Nº 202 «Islas Malvinas» en Carmen de Patagones se disolvió bajo el fuego de una Browning 9 milímetros. Rafael Solich, un joven de apenas 15 años, disparó contra sus propios compañeros de aula en el primer tiroteo escolar registrado en la historia latinoamericana. Tres adolescentes perdieron la vida; cinco resultaron heridos. El impacto de aquellas balas no solo perforó los muros de una escuela en el sur de mi amada Argentina, sino que desnudó una realidad que, décadas después, se repite con una persistencia aterradora.

Aquel suceso no fue una anomalía aislada. Fue el punto de inflexión de una serie de crímenes protagonizados por adolescentes sometidos a una presión invisible. Hay nombres y fechas que la memoria colectiva, en su afán de autoprotección, se empecina en sepultar. Recuerdo a Leonardo Aguirre en aquel mayo de 1997: un día gélido en el que tomó el arma de su padre gendarme para asesinar a un compañero de clase. También pienso, con un nudo en la garganta, en Javier Ignacio Romero. Le decían “Pantriste”. Soportó burlas diarias, constantes, un martilleo incesante contra su paciencia hasta que aquel viernes 4 de agosto del año 2000, cercado por el hostigamiento, disparó en la puerta de su escuela en Rafael Calzada. Tenía 19 años. Mató a un compañero e hirió a otro.

El eco de estas tragedias se reactivó hace apenas unas horas en San Cristóbal, en mi amada Argentina. A las 7:15 A.M., mientras los alumnos se disponían a izar la bandera, un joven de 15 años extrajo una escopeta oculta en la funda de una guitarra. El resultado: un niño de 13 años muerto y dos heridos. "Nunca había pasado algo así", declaró el gobernador Pullaro manifestando sorpresa. Pero la sorpresa no tapa la realidad. Había decenas de indicios. Había gritos silenciosos. Había una presión que este joven, no escuchado ni visibilizado, ya no pudo contener. Y es allí donde quiero detenerme, porque a diario veo situaciones de violencia intraescolar que parecen aumentar sin freno.

Este recuento cronológico de violencia joven que pudo no haber sucedido no es solo un ejercicio para la memoria. Es la evidencia de una cadena de negligencias, de una sucesión de grietas que comienza en la intimidad del hogar y culmina en la frialdad de una oficina burocrática incapaz de ser flexible. Cuando un niño muere a manos de otro, nos queda un sabor amargo. Indigerible. Asqueroso. Un rastro de hiel que no se supera con el tiempo, ni con las ganas, ni con el hambre urgente de encontrar la cura.
Y yo, que intento transformar el dato frío de la crónica roja en una interpelación ética que no deje indiferente a nadie que quiera leerme, quizá logre hacer mirar hacia el silencio de un alma abandonada, 

No cambiamos. No crecemos. No miramos. No aceptamos. No nos conmovemos. Nos limitamos al rumor chismoso de las ventanas de internet, donde la reflexión se reduce a una opinión volátil y donde lo más frecuente es culpar a factores externos de algo que inició en las carencias absolutas.

Fallamos todos. Empiezo por mí. De alguna manera, hemos permitido que la matriz misma de la humanidad —aquella que se construye para la educación del espíritu— sea devorada por protocolos de retención y burocracias que terminan hiriendo aquello que juraron proteger.

La primera fractura aparece en el hogar. Hemos fracasado como padres cuando nos dejamos agotar por jornadas interminables, cubriendo lo material mientras delegamos la custodia del alma de nuestros hijos a terceros. Somos la generación de padres victimizados, extenuados, sin tiempo y sin medida que tienden a sobreproteger y, a la vez, a abandonar. Queremos esconder la culpa bajo la alfombra de la insensatez. Dejamos a nuestros hijos a la intemperie de un abismo oscuro, a veces el exceso de internet es una niñera que no pone límites, que no categoriza, que no refleja la bondad. Una que no explica nada. Que no enseña sobre límites del otro ni sobre la urgencia de amar. El resultado es devastador: jóvenes que se sienten rechazados, sin valor y sin propósito. Que muchas veces encuentran utilidad solo en la violencia; seres que habitan una patología del vacío donde la desconexión emocional germina en el abandono de una ficción que quema y atosiga.

Pero hay un agravante: el sistema educativo se ha vuelto tan legalista como desdichado. Inventa excusas para retener, para apretar, para robar la dicha que solo se edifica cuando en el corazón hay paz. Me resulta una aberración ética que, bajo el pretexto del derecho a la educación, se inicie una cacería contra las familias que deciden no enviar a sus hijos al aula para protegerlos del acoso y del estrés tóxico que les lastima. 

¿Qué clase de ser humano no ve el problema de raíz? ¿Qué clase de persona no desobedece cuando lo legal invade la moral y la aprisiona? Someter a un estudiante a convivir siete horas diarias con sus agresores es una violación flagrante. Es abuso de autoridad, de menores. Es locura colectiva. La obediencia ciega a la norma se convierte en complicidad criminal cuando ignora el bienestar psíquico del menor. El sistema antepone el control del absentismo a la integridad del niño, olvidando que la norma debe ser un instrumento para proteger la vida, jamás una soga que asfixie la autonomía de los padres que intentan salvar a sus hijos del naufragio.

¿En qué momento creímos que educar era simplemente depositar informes y materias en un envase vacío? Educar es sacar la esencia desde adentro para la transferencia hacia un alma en formación para el desarrollo del carácter y el amor. Hemos confundido la enseñanza con el acto insuficiente de tutelar expedientes. Hemos priorizado el estándar obligatorio por sobre la sanidad mental. En este camino hacia el acabose, abandonamos el arte de cuidar el tiempo. Suprimimos las artes, la poesía y la música; esos lenguajes bienaventurados que nos permiten entender la vida desde la virtud y no desde la fría rigidez de un formulario que registra, pero no nos reconoce; que tiene nuestros datos, pero es incapaz de mirarnos a los ojos para ver el daño.

Estamos necesitados de sanar los lazos que nos unen. Si no reaccionamos, entregaremos el mañana a una generación de seres mecanizados y ausentes de conciencia; jóvenes que no saben discernir entre el bien y el mal porque creen que matar es lo mismo que jugar a un videojuego.

Proteger la vida debe estar siempre por encima de cualquier estructura que la norme.
Papitos y mamitas: Deténganse. Miren a sus hijos. Ámenlos tanto que se vuelvan expertos en reconocer sus heridas. Tomen la fiebre con un beso. Pongan límites. No les brinden todo. Abrácenlos en desmedida y escúchenlos; crezcan ustedes junto a ellos de la mano cada día.
Maestros: No carguen con lo que no les corresponde. Cuiden de sus propios hijos y permitan que los padres de sus alumnos los ayuden. Trabajen en equipo para salvarnos de esta vertiente insalubre que nos empuja al barranco.
Autoridades: Ustedes tienen la responsabilidad de dirigir las decisiones por todos. Entiendan que las leyes deben existir para refugiar al indefenso, limitar el crimen, condenar el delito y nunca para encarcelar la vida bajo el peso de la burocracia. Si el sistema obliga a entregar a un hijo al maltrato en nombre de una norma, la norma ha fracasado.

Nosotros, las familias que educamos para la nobleza, la gentileza y el altruismo, estamos preocupados y creemos que el futuro solo será un espejismo si no logramos detener el rumbo de este destino que hemos arruinado por pactarle al diablo lo que de continuo nos destruye. Somos almas en busca de sentido y ya es tiempo de empezar, finalmente, a educar para el amor. 

Solo así nos limpiaremos de esta desazón y le devolveremos al mundo la esperanza de una vida que por fin valga la pena ser vivida.
Nunca el bien es opcional. sino más bien que en todo lo que es verdadero, honesto, justo, puro, amable, de buen nombre; si hay virtud alguna, digno de elogio, en todo esto hay que pensar: porque son el único camino y real escudo contra la tragedia.