Últimamente, el sistema de derechos parece haber permutado su función de proteger la vida a cambio de la habilitación de mercados. La educación, entonces, ha caído en una trampa semántica y administrativa. Bajo la etiqueta de "servicio público", los Estados ejecutan una maniobra de expropiación biológica, transformando el oficio natural de los padres de educar a sus hijos en una estructura de escolarización al servicio de fines ajenos. Como defensores de la vida humana por encima de la norma, es imperativo entender que la educación no es una concesión del sistema, sino una función orgánica preexistente a cualquier arquitectura jurídica.
La distinción entre educación y escolarización no es terminológica, es ontológica. La educación es una extensión de la función biológica de crianza; es un proceso tan celular y neurológico como la lactancia o el reconocimiento de la voz materna desde el vientre. Cuando el Estado pretende legislar sobre el ritmo de aprendizaje de un niño, incurre en una intrusión biológica equivalente a querer normar la composición química de la leche materna o la frecuencia del latido cardíaco que calma al lactante.
El hogar no es una "casa" bajo inspección estatal; es un útero extendido. Es el espacio vincular que provee refugio contra la alienación y la intemperie del mundo. Es el escudo contra el moldeado del pensamiento único y es el espacio donde cada familia forma a sus hijos conforme a sus propias convicciones. Por esta y otras razones, considero importante trabajar en mover el eje de lo jurídico y pasarlo a lo biológico, solo así le quitamos al Estado la autoridad moral para "otorgar" permisos sobre lo que ya es inherente a nuestra especie humana.
El sistema legal prefiere hablar de "persona" porque, en la modernidad, la persona se ha reducido a una construcción jurídica: un "sujeto de derechos" que el Estado puede definir, ampliar o recortar a conveniencia. Sin embargo, debemos recuperar el sentido profundo de la persona como realidad ontológica. No es lo mismo la persona que la personalidad: mientras la personalidad es el conjunto de rasgos, máscaras sociales y comportamientos que el sistema intenta moldear y administrar, la persona es el centro del ser, el núcleo de una dignidad que es suelo mínimo, inalienable y estático.
Esta distinción podemos verla como ejemplo en el episodio bíblico de la zarza ardiente (Éxodo 3:14). Cuando Moisés, ante la magnitud de su misión, pregunta a Dios: "¿Quién eres?", la respuesta no es un nombre que encasille, ni una descripción de personalidad. Dios responde: "YO SOY EL QUE SOY" (Ehyeh Asher Ehyeh). No dijo simplemente "Yo soy", ni "yo soy así", sino que afirmó una identidad absoluta que es fuente de toda existencia. Si la dignidad emana de este "Yo soy el que soy" —esa fuente de existencia pura que no admite etiquetas, adjetivos limitantes ni administración estatal—, ninguna sentencia judicial puede profanarla sin atentar contra la naturaleza misma de la vida.
El ser humano tiene dignidad porque es único e irrepetible. Reducir la educación a un método de instrumentación y administración de enseñanza es ponerle precio al alma del niño, convirtiéndolo en un activo contable útil al mercado; y cuando algo tiene precio, puede ser sustituido.
Frente a quienes sentencian desde la letra fría, debemos presentar la verdad del hogar frente a la ficción de la "casa" legal. Cualquier autoridad puede dictar sentencia sobre la logística de un edificio para su administración, pero es un intruso en la ontología del vínculo. Una sentencia que obliga a un niño a sentarse en un banco escolar omitiendo a sus representantes legales, jamás podrá obligar a que sea educado, porque la educación requiere la nutrición del vínculo primario que el Estado no puede proveer, ni sustituir, ni reemplazar.
En este contexto, es fundamental recordar que la soberanía del individuo sobre su propio cuerpo y la educación de sus hijos está protegida. La libertad de enseñanza no es un "permiso" administrativo que se solicita bajo el nombre de homeschooling —término en tendencia que induce a creer que la educación desde el hogar empezó ayer, cuando ha existido siempre—; es una libertad natural que se ejerce. En Uruguay, esta soberanía es plena; la libertad no admite regulación estatal cuando se trata de funciones naturales primarias, y el Estado solo debe atestiguar lo que la naturaleza ya ha dictado.
La arquitectura de la libertad debe respetar los círculos concéntricos de la subsidiaridad: primero la Madre y el Padre —cuando están y si es posible—; luego de ellos, la familia ampliada; la Comunidad o entorno que protege el vínculo; y, por último y en la periferia, el Estado, que solo debe intervenir cuando el abuso es innegable y el daño visible lo amerita.
No podemos permitir que el Estado monopolice la moral o el intelecto. La vida es un fin en sí misma, no un recurso para el lucro ni un insumo para la maquinaria estatal. Educar es entregar el alma, discipular la mente, el intelecto y el espíritu, alimentar al ser para que entienda el amor y la virtud y quiera dejar huellas que impacten desde la excelencia. Esa nutrición solo puede ocurrir en la libertad soberana de un hogar amoroso, donde el niño es amado por ser el que es y no por lo que el sistema espera que produzca.
Si el Estado no puede crear vínculos, no tiene autoridad para romperlos. El legalista debería conmoverse y el ladrón de ideas, inspirarse.
Eloisa Troya
