Buscar este blog

Caso Maitena: Más allá del síntoma.

El doloroso caso de Maitena nos obliga a detenernos y mirar de frente una realidad que preferimos ignorar. No podemos seguir tratando la depresión adolescente como un evento aislado o puramente clínico; sobre todo, porque no lo es.​Maitena era una adolescente de Merlo, Buenos Aires, estudiante y miembro activo de un grupo scout de la parroquia Sagrado Corazón. Quienes la conocían, incluidos sus profesores, la describían como una joven activa, curiosa y aparentemente "normal", lo que subraya el carácter invisible que a menudo reviste el sufrimiento emocional profundo.
​El pasado miércoles 8 de abril de 2026, Maitena salió hacia su escuela junto a su hermana mayor. Al llegar a la puerta, no ingresó; dijo que saludaría a una amiga y desapareció. Tras una búsqueda desesperada de más de 24 horas, su cuerpo fue hallado el jueves 9 de abril en un descampado de General Las Heras, localidad a la que llegó tras viajar sola en tren. Maitena dejó en su casa nueve cartas de despedida, su teléfono celular con la contraseña escrita y correos electrónicos programados para enviarse tras su partida. En sus escritos, expresaba un deseo tan simple como devastador: "quería estar en un lugar tranquilo".

​Luego de conocer su historia, hace apenas unas horas, quiero reflexionar nuevamente sobre esta tendencia recurrente a desproteger sistemáticamente a los adolescentes, sin escuchar la cantidad de veces que gritan antes de, finalmente, hacer silencio. No puedo dejar de conmoverme ante historias así y observar que hay una raíz profundamente dañada que abarca lo emocional, lo espiritual y lo biológico.

​Venimos trabajando hace años en recuperar la coherencia. Los padres, tutores o quien sea que conviva con ese joven, cuando por diversas razones deben enviar a sus hijos a centros educativos presenciales, deben involucrarse y retomar las riendas que dirigen de manera activa la educación de sus hijos; de lo contrario, caen en una pérdida de sentido que deriva en negligencia, convirtiéndose en los primeros responsables. Después están las redes sociales, que jamás categorizan ni enseñan lo que está bien o mal a la ligera. En el caso de Maitena, se investiga la posible inducción al suicidio por parte de contactos extranjeros a través de estas. La sospecha de influencias externas vía internet muestra cómo el aislamiento físico se compensa con conexiones digitales que pueden ser peligrosas.
​Los padres debemos observar las alarmas e incluso hacer foco en la dieta; debemos observar lo que nuestros hijos comen. La alimentación actual, cargada de ultraprocesados y exceso de carbohidratos, genera una disrupción endocrina severa. Esto ha salido a la luz en infinidad de estudios publicados en ámbitos científicos alternativos que buscan recuperar la salud en lugar de sostener la enfermedad. Estos desajustes hormonales no son solo químicos, sino que alteran la percepción emocional del joven. Lo que se ha descubierto en los últimos años es que el entorno empieza en la microbiota intestinal —nuestro segundo cerebro—; este es un factor no menor, tanto como la observación del entorno doméstico, familiar y social, interno y externo.
​La depresión nunca es un factor aislado, sino el reflejo de un conjunto de elementos que demuestran un vacío previo. Hoy vemos adolescentes sumergidos en una "soledad acompañada", donde el aislamiento se disfraza de hiperconexión. Algunos padecen un bullying que no termina en la puerta de la escuela; persigue a la víctima hasta su habitación. El joven busca refugio, no en el abrazo de una familia que debería estar presente para amar y contener, sino en las pantallas, erosionando cada vez más su sentido de pertenencia y valía.
​Muchos jóvenes buscan refugio en micro-mundos que los separan de su realidad inmediata. Traigo ahora a colación los patrones que más hemos identificado: el consumo obsesivo de animé en todas sus formas audiovisuales —Maitena, por ejemplo, jugaba Genshin Impact, un videojuego de rol de acción con esta estética—. También dibujan compulsivamente este tipo de ilustraciones de manera repetitiva, logrando dibujos perfectos de ese estilo, e idealizan culturas ajenas como la norcoreana. Estas tendencias no son solo "modas"; es un tipo de contenido con mensajes oscuros y siniestros, a veces explícitos si uno se detiene a observar. Para estos jóvenes, su consumo funciona como un mecanismo de defensa ante un mundo que no logran comprender y que no los comprende a ellos. Se infantilizan, se victimizan, lo dramatizan todo, pero todo tiene una razón: están intoxicados en todas sus áreas. Esto demuestra que van gritando despacito en la búsqueda de una estructura que no encuentran en su hogar, ni en la escuela, ni en la sociedad, ni en sus amigos, quienes están igual o peor que ellos.
​Entonces, somos responsables. Responsable es el sistema que permite la venta indiscriminada de comida chatarra en lugar de proteína animal, frutas y vegetales. Quienes venden alfajores, gaseosas y golosinas a niños y adolescentes están, en la práctica, vendiendo alcohol disfrazado de dulce, porque todo carbohidrato que ingresa al organismo se fermenta y se transforma en alcohol, lo que genera adicción a una alimentación que no nutre. Sigo pensando en estrategias que alivien el dolor. La gravedad sistémica reside en una sociedad que todavía no razona las consecuencias del daño biológico y emocional que estamos permitiendo.
​La soledad del adolescente no es la falta de gente a su alrededor, sino la ausencia de un adulto capaz de mirar su alma desde el sano juicio.
Según fuentes oficiales, Maitena  "no tenía" antecedentes por problemas de salud mental ni estaba bajo tratamiento por ninguna patología psiquiátrica.
¿Se entiende? Nunca nadie ha visto nada...
​Y no hay peor ciego que el que no quiere ver, el que es necio, se cierra, no aprende, se excusa y justifica. 
En esto hago catarsis: debemos observar si nuestros hijos toman agua, si reciben luz solar, si están desparasitados y si se sienten nutridos emocionalmente. "Debemos del verbo deber". Debemos sanar todas las bases: la biológica (el cuerpo), la espiritual (el propósito y el afecto) y el alma. Si no recapacitamos pronto, seguiremos lamentando tragedias que eran, en esencia, evitables.
​Volvamos al origen: ese momento cuando ser joven era vivir para entender el mundo desde la alegría y la esperanza. Y eso solo se logra con adultos sanos y presentes.

​Eloísa Troya