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Las madres no deberíamos estar en peligro de Extinción.



Al profundizar en la desgarradora
vivencia de la escritora Isabel Salas a través de su obra Materfiesto —fruto de seis años de asfixiante litigio y estudio profundo para salvaguardar a su hija tras una denuncia falsa por parte de su progenitor que la obligó a buscar refugio lejos de su tierra—, emergen reflexiones necesarias sobre cómo la figura materna es sistemáticamente desestimada mediante sutilezas culturales ya normalizadas. 
La gestación no es un mero tránsito biológico, sino una metamorfosis sagrada que reconfigura la arquitectura cerebral femenina para el milagro del cuidado. Este hito biológico, una transformación compleja, tan profunda como tangible, sitúa a la mujer en un plano de trascendencia que desafía cualquier comparación reduccionista o intento de nivelación artificial con fines políticos. No hablo de una disputa por la igualdad, yo no quiero hablar de eso, para mí no tiene sentido discutir sobre puntos inexistentes cuando biológicamente no existe tal igualdad. Por el contrario, sí hablar del reconocimiento de esa biología que se perfecciona para sostener la nueva vida que ha llegado al mundo. En esa plasticidad neuronal reside una potencia inalcanzable: la capacidad de habitar el mundo desde una sensibilidad que ningún hombre podría replicar, pues comienza adentro, desde el vientre, donde se forja el vínculo que garantiza no solo la supervivencia del bebé, sino el destino mismo de la especie humana.Esta entrega absoluta define la esencia del alma femenina. William Golding, laureado con el Nobel y eterno observador de la condición humana, capturó esta verdad al afirmar que las mujeres son superiores y que cualquier don que reciban, lo devuelven magnificado: si se les da una semilla de vida, entregan un hijo; si se les da una casa, devuelven un hogar. Las madres son, por designio natural, alquimistas que multiplican el bien y ennoblecen la existencia. Son el motor que transmuta lo elemental en algo dotado de propósito, calidez y trascendencia. No nos hallamos ante un postulado ideológico, sino ante una biología que exige y merece veneración, pues solo la mujer posee el don de insuflar alma a la materia, entregando al mundo seres capaces de sentir y soñar, asegurando que la humanidad no solo persista, sino que se eleve a través de su guía.Por tanto, la sociedad, toda en su en su conjunto, debería asumir el imperativo moral de proteger, proveer y amar este estado de gracia que representa una madre. Soslayar la sensibilidad y la fortaleza de una madre es ignorar la raíz misma del bienestar común y la raigambre de nuestra civilización. Las madres entregan vida, ciudadanos a este mundo y poseen la potestad, grabada en su propia ciencia, de modelar para la virtud y el bien. Velar por la mujer que pare, amamanta y cría no es una concesión opcional, es una necesidad urgente para preservar la esencia humana. Es imperativo, entonces, garantizar que cada vida que florece lo haga bajo el amparo de quien ha sido transformada por la naturaleza misma para ser, ante todo, un refugio que preserva al indefenso niño de cualquier fiera mortal. 

Eloisa Troya


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