Por el Psicólogo Gabriel Bertrand
La sociedad occidental contemporánea parece atravesada por una paradoja: mientras la tecnología
y la gestión técnica alcanzan niveles de precisión casi quirúrgicos, el desarrollo de la psique
humana parece haber ingresado en una fase de estancamiento, o incluso de regresión. Este
fenómeno no es el resultado de un plan aislado, sino la consecuencia lógica y objetiva de la
evolución del materialismo radical de los últimos siglos; un proceso que ha aplanado la
multidimensionalidad del ser humano hasta convertirlo en un activo contable, un insumo gestionable
por la técnica.
El tren de la inercia sistémica
Para comprender el rumbo de nuestras sociedades, es útil visualizar un tren en movimiento.
Durante décadas, este tren ha sido impulsado por una tracción ideológica específica ?una síntesis
entre la deconstrucción cultural de la Teoría Crítica y la eficiencia de la clase gerencial?. Hoy,
aunque en ciertos centros de poder global se perciba que la propulsión original de algunas agendas
comienza a moderarse o a cambiar de rumbo, la inercia del tren es tal que las instituciones locales,
los ministerios y la academia siguen moviéndose en la dirección previa con una fuerza estable.
Esta inercia no requiere de una voluntad constante; se sostiene en la propia estructura burocrática
y en la formación de cuadros técnicos que han sido educados bajo un sistema operativo único. El
tren sigue su marcha, y detener semejante masa de forma voluntaria es una tarea que excede la
política partidaria.
De la conciencia infantil a la gestión técnica
El núcleo de este proceso reside en la promoción de lo que podríamos llamar el enclave en la
conciencia infantil. En el desarrollo humano, la conciencia infantil es aquella que se orienta desde
afuera; el niño carece de recursos para la soberanía y depende absolutamente del reconocimiento
y el protocolo del entorno para existir. La madurez, el camino hacia la adultez, consiste
precisamente en el desarrollo de una orientación desde el ser: una conciencia cada vez menos
reactiva, alineada con las necesidades y principios trascendentes del propio yo.
Sin embargo, el materialismo radical, al negar la dimensión espiritual y reducir al sujeto a una
construcción sociocultural, ha convertido la "necesidad de reconocimiento" en el eje de la vida
pública. Al situar el enclave de la identidad en la mirada del otro, el sistema detiene el proceso de
maduración. El individuo ya no busca la autoorientación orgánica; busca el espejo externo.
El vacío de los ritos de paso
Históricamente, este tránsito hacia la adultez estaba marcado por ritos de iniciación que operaban
como fronteras simbólicas y somáticas. Occidente ha perdido estas ceremonias de transición. Lo
que hoy persiste son apenas vestigios, como el Bar Mitzvah o la fiesta de los quince años, pero
despojados de la profundidad, el rigor y los símbolos necesarios para orientar al sujeto hacia la
responsabilidad y el desarrollo de la conciencia adulta.
En ausencia de estos ritos que obligaban al individuo a "morir" a la niñez para renacer a la
autonomía, la sociedad ha quedado huérfana de una dirección clara hacia la madurez. Este vacío
no es inocuo: es el espacio que la gestión técnica ha ocupado, sustituyendo la autoridad interna
que el rito debía despertar por una regulación externa perpetua.
La víctima como cómplice de la parálisis
Esta detención evolutiva encuentra su máxima expresión en la figura de la víctima. Bert Hellinger,
con su habitual agudeza sistémica, acuñó una frase que define este estado: "El que se siente
víctima no busca soluciones, busca cómplices".
En la conciencia infantil, la solución al malestar no se busca a través del fortalecimiento de los
recursos internos, sino a través de la eliminación del estímulo externo que incomoda. La víctima
busca cómplices ?instituciones, leyes, colectivos? que validen su enojo y su parálisis. Al
institucionalizar este estado, el sistema no solo ofrece protección, sino que asegura la dependencia.
El individuo que se siente víctima renuncia a su autoridad biológica y espiritual a cambio de una
supuesta seguridad estatal.
Este fenómeno explica, en parte, el aumento vertiginoso de trastornos de la personalidad narcisistas, límites, psicopáticos en Occidente. Todas estas patologías reflejan, en última
instancia, el sufrimiento de una conciencia que no ha logrado realizar el tránsito hacia la adultez y
que queda atrapada en una reactividad constante hacia un entorno que percibe como amenazante
o insuficiente.
La mirada misantrópica de la técnica
El materialismo radical desemboca naturalmente en una perspectiva tecnocrática que, despojada
de una visión trascendente, termina observando al ser humano con una profunda misantropía. Ya
no se lo percibe como un ser soberano con un potencial a desarrollar, sino como una criatura que
debe ser pastoreada, entretenida y gestionada.
Para la gestión técnica de la población, un adulto soberano es un factor de incertidumbre. Un "niño
eterno", en cambio, es predecible, reactivo y profundamente dependiente. El sistema no genera
esta infantilización por "maldad", sino por eficiencia: es la forma más sencilla de administrar un
mundo reducido a materia y datos.
La pregunta que el sistema no formula
Lo que el materialismo radical ha logrado sin necesidad de voluntad explicita ni conspiración
alguna es suprimir la pregunta más perturbadora que un ser humano puede hacerse: ¿quién soy
cuando dejo de necesitar que me lo digan?
Esta pregunta es el umbral de la adultez. Cruzarlo implica abandonar la seguridad de los cómplices,
de las identidades prestadas y de los reconocimientos gestionados. Implica asumir la incomodidad
de la propia presencia sin mediaciones externas.
El tren de la inercia seguirá su marcha. Las burocracias continuarán ofreciendo protección a cambio
de dependencia, y las patologías de la identidad seguirán creciendo como síntoma de ese hambre
no resuelta. La pregunta que queda abierta no es de naturaleza política ni ideológica: es
estrictamente humana. Occidente, habiendo desmantelado sus ritos, habiendo vaciado sus
símbolos y habiendo delegado en la técnica la gestión de su interior, necesita encontrar, de forma
individual o colectiva, los caminos que conduzcan de vuelta al desarrollo de la propia conciencia
adulta. De ello depende, en última instancia, no la disputa por el poder, sino la posibilidad misma de
una vida plena y soberana.
