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El Ocaso de la Presencia

 Por Gabriel Bertrand

Introducción: El eclipse de la velocidad orgánica

La crisis de la medicina contemporánea suele abordarse desde la superficie de sus fallos administrativos o la inequidad en el acceso a sus productos. Sin embargo, una mirada que aspire a la resonancia con la totalidad de los fenómenos debe situar la pregunta en un estrato más profundo: la mutación ontológica del acto médico. Como sociedad, hemos transitado de una práctica basada en la atención flotante y la presencia plena —lo que podríamos denominar la velocidad orgánica del encuentro— hacia una arquitectura técnica de la salud que opera bajo la lógica de la línea de montaje.

Esta transición no fue el producto azaroso del progreso científico, sino una convergencia de paradigmas que se cristalizaron a comienzos del siglo XX. Lo que hoy experimentamos como una deshumanización del encuentro es el resultado de una tecnificación de la mirada que ha priorizado la gestión administrativa sobre el arte del encuentro humano.

I. El ocaso de la soberanía terapéutica: El hito Flexner

Para comprender la magnitud de esta fractura, es preciso referirnos al Informe Flexner (1910). Publicado bajo el auspicio de las fundaciones Carnegie y Rockefeller, este documento funcionó como el catalizador de una reforma radical de la educación médica. Su objetivo fue la imposición de un estándar científico único basado en la biomedicina de laboratorio, lo que supuso la marginación —y el cierre sistemático— de cualquier tradición curativa que no se ajustara a los parámetros de la industria farmacéutica y técnica naciente. Lo que en su momento se presentó como una «profesionalización» fue, en rigor, el ocaso de la pluralidad en el arte de sanar.

Hasta ese hito, el acto médico emanaba de la inmediatez del encuentro. El saber surgía de lo que podríamos llamar el tiempo orgánico: ese ritmo pausado y propio de la vida que permite que el relato de la persona despliegue sus hilos contextuales, biográficos y somáticos. No se trataba de una lentitud ineficiente, sino de la condición necesaria para que el médico pudiera habitar un «centro vacío»: una posición de atención plena y neutralidad donde, al suspender provisionalmente el juicio técnico, se permite que la información esencial del otro emerja y se organice. La centralización flexneriana sustituyó esta escucha profunda por una estandarización industrial que fragmentó la realidad del paciente.

II. De la presencia a la técnica: El desplazamiento del eje clínico

Esta mutación alteró la ontología misma del encuentro médico. Lo que antes era un espacio de observación mutua se vio desplazado por una tecnificación de la mirada que prioriza el dato laboratorial sobre la realidad somática. Se produce así lo que podríamos llamar una confianza delegada: tanto el profesional como el paciente desplazan su seguridad desde la observación directa de los procesos vitales hacia la eficacia del producto industrial. El médico se convierte en un mediador de insumos técnicos en los que confía, muchas veces, más de lo que llega a conocer sus mecanismos profundos.

En nuestra realidad local, este proceso se entrelaza con lo que el historiador José Pedro Barrán denominó el triunfo de la «sensibilidad civilizada». Barrán describe cómo la sociedad uruguaya fue disciplinada para abandonar sus impulsos más espontáneos en favor de un orden basado en el control y la higiene institucionalizada. La medicina industrial fue la herramienta perfecta para este disciplinamiento: el cuerpo dejó de ser vivido desde su propia velocidad orgánica para ser gestionado como un objeto de administración pública y previsibilidad técnica. El encuentro se deshumaniza no por una falta de ética, sino por la mediación de un protocolo que clausura la escucha.

III. La persistencia de lo humano: ¿Hacia una restauración del encuentro?

La consolidación de este modelo técnico-industrial no ha logrado, sin embargo, suprimir la necesidad biológica de ser escuchado. Ante la celeridad del protocolo, cabe preguntarse si es posible rehabilitar socialmente lo que hemos denominado una velocidad orgánica. Esta interrogante no propone una regresión nostálgica, sino una indagación sobre la posibilidad de reintegrar la técnica en una praxis que devuelva a quien asume el papel de guía en la salud la capacidad de ser, ante todo, un observador de la totalidad.

La deshumanización del encuentro solo puede ser revertida si recuperamos la noción de que el acto médico es, en esencia, un arte del encuentro humano. En este marco, el silencio en la consulta deja de ser una ausencia de actividad para transformarse en el espacio donde la información biográfica y contextual puede desplegarse. Surge entonces la pregunta para nosotros, como sociedad: ¿podemos sustraernos a la inercia de la centralización y los juicios preconfigurados para volver a habitar ese «centro vacío» de escucha pura?

Aspirar a una mirada en resonancia con la realidad del otro implica un proceso de maduración colectiva. Si logramos habitar el síntoma no como un error técnico, sino como un lenguaje de la vida, nuestra relación con la salud se desplaza hacia una zona de mayor soberanía. Queda abierta la cuestión de si seremos capaces de diferenciar los aspectos de la estructura industrial que necesitamos liberar para dar lugar a una presencia que, en círculos concéntricos de atención, busque abarcar la totalidad de lo que somos. La respuesta, acaso, no se encuentre en un nuevo protocolo, sino en la cualidad del silencio que estemos dispuestos a sostener frente a la realidad del otro.