Por Eloisa Troya
La nota de Revista Mundo Diners sobre la Generación Kidult propone una reflexión incómoda: ¿qué ocurre cuando los adultos prolongan indefinidamente conductas, consumos y formas de relacionarse propias de la adolescencia?El fenómeno no puede reducirse a quienes disfrutan de los videojuegos, las películas, los juguetes retro o la cultura popular. Jugar, crear y conservar vínculos con la propia infancia no es, en sí mismo, un problema. La cuestión aparece cuando esa conexión se transforma en una excusa para evitar la responsabilidad, el compromiso, el trabajo interior y las decisiones propias de la vida adulta.https://revistamundodiners.com/generacion-kidult/
La cultura Kidult también puede leerse como una respuesta a un contexto social marcado por la incertidumbre, la precariedad, el desencanto y la dificultad para construir un proyecto de vida estable. Muchos jóvenes y adultos reciben durante años mensajes que prometen éxito, reconocimiento, consumo y felicidad inmediata, pero encuentran después un mundo laboral, económico y afectivo mucho más complejo. No siempre estamos frente a simple comodidad o egoísmo. A veces hay miedo, frustración, inseguridad y una sensación profunda de que la adultez no ofrece un lugar posible.
Sin embargo, comprender esas causas no significa convertir la inmadurez en un ideal. Una cosa es conservar la capacidad de jugar y otra muy distinta es negarse a crecer. La infancia puede acompañarnos como memoria, creatividad y capacidad de asombro; no debería convertirse en una coartada para no asumir las consecuencias de nuestros actos.
La tendencia contemporánea de “farmear el aura” muestra otra dimensión del mismo fenómeno. Códigos nacidos en los videojuegos y en las redes sociales pasan al espacio público y se convierten en rituales presenciales mediante los cuales los jóvenes buscan reconocimiento, estatus y pertenencia. La plaza, la calle y el encuentro cara a cara vuelven a aparecer, pero mediados por una lógica de puntos, reputación, aprobación y exhibición.
https://acento.com.do/cultura/farmear-el-aura-presencia-y-apropiacion-cultural-del-espacio-publico-desde-una-mirada-antropologica-y-pedagogica-9744631.html
Desde una mirada antropológica, estas prácticas no deberían ser descartadas automáticamente como “tonterías juveniles”. Expresan una necesidad humana real: ser vistos, formar parte de un grupo, ocupar un lugar y construir identidad. El problema aparece cuando la identidad queda reducida a la impresión que producimos sobre los demás, cuando el valor personal depende de la aprobación instantánea o cuando la vida comienza a organizarse como una competencia permanente por acumular prestigio simbólico.
La psicología también ha comenzado a observar este fenómeno. Detrás de la apariencia divertida pueden existir procesos relacionados con la búsqueda de aceptación, la gestión de la imagen personal, la ansiedad social y el deseo de pertenecer. No todo es superficialidad, pero tampoco todo debe ser celebrado sin crítica. Comprender no significa aprobar; acompañar no significa renunciar a educar.
https://canal.ugr.es/noticia/farmear-aura-un-fenomeno-viral-que-esconde-mucha-psicologia/
Por eso la discusión es profundamente educativa. Durante demasiado tiempo hemos confundido educación con entretenimiento, libertad con ausencia de límites y bienestar con satisfacción inmediata. Educar no consiste en impedir que los niños jueguen ni en despreciar sus lenguajes culturales. Consiste en ayudarlos a interpretar esos lenguajes, reconocer sus influencias y aprender a gobernarse a sí mismos.
Un niño necesita jugar, pero también necesita aprender a esperar. Necesita expresarse, pero también escuchar. Necesita desarrollar su personalidad, pero también comprender que sus decisiones afectan a otros. Necesita ser protegido, pero progresivamente debe aprender a asumir responsabilidades. La madurez no consiste en dejar de disfrutar, sino en poder disfrutar sin ser esclavo del impulso, de la pantalla, del grupo o de la aprobación ajena.
La educación para la responsabilidad no puede limitarse a enseñar contenidos académicos. Debe formar personas capaces de cumplir su palabra, reconocer sus errores, reparar el daño, perseverar cuando algo cuesta y tomar decisiones que no dependan únicamente del aplauso de los demás. También debe enseñar que la libertad no es hacer cualquier cosa, sino aprender a utilizarla con conciencia.
https://www.infobae.com/tendencias/2026/08/19/que-deben-saber-los-padres-sobre-farmear-aura-guia-para-comprender-el-impacto-del-fenomeno-en-la-generacion-z/
La madurez tampoco debería confundirse con una adaptación pasiva a un sistema injusto. Crecer no significa aceptar cualquier modelo de vida impuesto por el mercado, la escuela, el Estado o la cultura dominante. Significa desarrollar discernimiento para distinguir entre una verdadera vocación y una moda, entre una necesidad y un deseo fabricado, entre una relación sana y una búsqueda desesperada de aprobación.
En ese proceso, la familia tiene una responsabilidad insustituible. Los niños y adolescentes necesitan adultos presentes, capaces de acompañar, poner límites y transmitir una visión de la vida que no esté basada exclusivamente en el consumo, la fama o la gratificación inmediata. No alcanza con entregar dispositivos, pagar instituciones o suplirlo todo materialmente. Educar es formar el carácter y ayudar a descubrir que cada persona tiene deberes hacia sí misma, hacia su familia y hacia la comunidad.
La antropología puede ayudarnos a comprender cómo las nuevas generaciones crean símbolos, lenguajes y rituales. La psicología puede mostrarnos qué necesidades emocionales se expresan detrás de esas conductas. Pero la pedagogía debe formular una pregunta adicional: ¿qué tipo de persona estamos ayudando a formar?
https://www.culanth.org/fieldsights/the-internet-provocation
No se trata de demonizar a la Generación Z, a los Kidults, los videojuegos o las redes sociales. Se trata de recuperar una educación capaz de poner cada cosa en su lugar. El juego puede ser creador; la tecnología puede ser una herramienta; las redes pueden facilitar vínculos; la cultura juvenil puede expresar creatividad. Pero ninguna de esas realidades debería reemplazar la responsabilidad, el pensamiento crítico, el trabajo, la convivencia, la disciplina y la capacidad de madurar.
Una sociedad que no educa para la responsabilidad termina formando personas permanentemente dependientes de la aprobación ajena. Y una sociedad que desprecia la madurez deja a sus jóvenes sin herramientas para enfrentar el dolor y la soledad, la frustración, el compromiso que implica vivir una vida real. Educar es proteger la infancia sin convertirla en un destino permanente; es permitir que cada persona conserve el asombro, pero aprenda también a hacerse cargo de su propia existencia. No pensar en esto es condenar a nuestros jóvenes a perpetuar el vacío y ya empieza a ser hora de hacer algo.
