Buscar este blog

Educar, acompañar y respetar las garantías

 Por Gabriel Bertrand

Durante muchas décadas, el sistema democrático uruguayo sostuvo una educación reconocida por su calidad, con un Estado presente y familias que ocupaban un lugar central en la formación de sus hijos. Hoy esa tradición enfrenta dificultades. Los resultados de PISA 2025 muestran un retroceso en lectura y matemática respecto de 2015.

Construcción, evidencia y compromiso: lo que hemos logrado y hacia dónde vamos

Detrás de cada avance en el reconocimiento de la libertad de enseñanza y de la educación en el hogar en Uruguay y en el mundo, no hay casualidades ni soluciones mágicas: hay años de trabajo riguroso, estudio constante, estrategia legal e inversión de vida.

A lo largo de este tiempo, hemos acompañado a numerosas familias judicializadas, logrando sentencias favorables que han sentando precedentes clave en Uruguay y en diferentes países. Cada uno de esos logros fue posible gracias a una premisa fundamental: la construcción seria de evidencia pedagógica. A la fecha, hemos acompañado a más de 8.000 familias en diferentes países a resolver conflictos judiciales y familiares, aportando verdad, honestidad y certeza. Hemos abrazado, comprendido, guardado silencio, llorado con padres y madres, y hemos aprendido a ser profundamente sensibles al dolor ajeno.

Por la Pluralidad Educativa para aportar valor cultural a la Nación.

En el día de la fecha, el Dr. en Derecho Constitucional Eduardo Lust, habló de la reciente Pieza de Sentencia correspondiente al Caso de los Menonitas de Florida y leyó la carta que redactamos desde Familias Educadoras para dar voz, defender y reivindicar la libertad educativa y de Enseñanza para la aceptación de la Pluralidad Educativa. 

¿Quién educa a quién? La libertad educativa como timón para las demás libertades

 Por Eloísa Troya 

“Los gobiernos que han pretendido sofocar la voz libre de los pueblos, han muerto asfixiados apenas se ha hecho el silencio que apetecían.”
José Enrique Rodó 

En el contexto de lo que veníamos conversando con familias y otros actores que acompañan, quedé pensando en lo siguiente: ¿quién decide cómo se educa a un niño? ¿Es el Estado quien existe para las personas y las familias, o estas existen para el Estado? Un niño no llega al mundo solo. Llega a través de su mamá que lo gestó, dentro de un hogar donde se habla una lengua, con determinadas creencias y diferentes maneras de expresar sus vivencias en amor. Cualquier reflexión seria sobre la educación de ese individuo que acaba de nacer debería partir de ese hecho simple: educar es un acto que ocurre en un contexto. Y, aun entendiendo que hay contextos y contextos, los padres que aman a sus hijos ganan por mayoría; por lo tanto, deberíamos elevar la discusión a ese nivel.

La Suprema Corte de Justicia, la libertad de enseñanza y el límite constitucional a la escolarización obligatoria: Caso Menonitas en Uruguay

Por Eloísa Troya

El conflicto empezó, como empiezan casi todos los conflictos entre el Estado y las familias, con una sospecha administrativa. El CODICEN entendió que un grupo de niños y adolescentes vinculados a una comunidad educativa de Florida no cumplía con la obligatoriedad de la enseñanza, porque no asistía a una escuela uruguaya tradicional. Y la respuesta, como siempre, fue judicial: pedirle a la Justicia que obligara a los padres a inscribir a sus hijos en una institución habilitada por ANEP.

En la pieza correspondiente a las niñas Maciel Rossi, esa pretensión se volvió todavía más concreta. ANEP pidió que las niñas fueran incorporadas al sistema educativo formal dentro de un plazo de diez días.

Formulado así, el problema parece sencillo: si las niñas no estaban inscriptas en una institución del sistema nacional, correspondía ordenar su escolarización. Pero el expediente contaba otra historia, más paciente y más real que cualquier titular.

Cuando jugar deja de ser una expresión de la infancia y se convierte en una forma de no crecer

Por Eloisa Troya

La nota de Revista Mundo Diners sobre la Generación Kidult propone una reflexión incómoda: ¿qué ocurre cuando los adultos prolongan indefinidamente conductas, consumos y formas de relacionarse propias de la adolescencia?

OIDEL Europa participó en el debate de Naciones Unidas sobre un posible nuevo protocolo de derechos de la infancia y advirtió que el lenguaje del proyecto no debe debilitar el pluralismo educativo ni el derecho preferente de los padres.

Por Eloísa Troya

Entre el 31 de agosto y el 2 de septiembre de 2026 se reunió en Ginebra el Grupo de Trabajo Intergubernamental de composición abierta encargado de analizar la posible elaboración de un nuevo Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño.

Periodismo: La necesidad humana de informar. La libertad en el sistema de derechos

«Lo ocurrido puede volver a ocurrir. Las conciencias pueden volver a ser seducidas y oscurecidas: las nuestras también.»

— Primo Levi (Los hundidos y los salvados, 1986)

Hay libertades que solemos recordar únicamente cuando nos son denegadas; la libertad de expresión es una de ellas. Mientras podemos hablar, escribir, investigar y publicar sin obstáculos, tendemos a considerarla una condición natural de la vida. Sin embargo, si no prestamos atención a los pequeños y minuciosos actos de clausura, comenzamos a debilitarnos. De la historia aprendemos que la pluralidad empieza a desvanecerse cuando se desacredita al que pregunta, se ridiculiza al que incomoda y se termina naturalizando que una sola voz pueda explicar el mundo para todos.

Educar para el mundo que existe


Hoy quiero traerles una lectura necesaria. En su ensayo "Hacia una ética de la lucidez", nuestro querido amigo y psicólogo Gabriel Bertrand reflexiona sobre la crisis de Occidente, la pérdida de sentido y una generación educada bajo promesas que la realidad ya no puede sostener. Al referirse a una idea desarrollada por Arturo Pérez-Reverte, afirma que se educó a los jóvenes para un mundo que ya no existe: un mundo donde el progreso sería continuo, la violencia pertenecería al pasado y la tecnología resolvería los problemas que la historia no había podido resolver. Pero debajo de esa promesa —señala Bertrand— permanecían la muerte, la enfermedad, la guerra, la precariedad y el fracaso. Las reflexiones de Bertrand contienen una fuerza incómoda porque no describen solamente una equivocación pedagógica. Describen, a mi entender, una forma de civilización. Una sociedad que, en su intento de proteger a las nuevas generaciones de todo sufrimiento, terminó dejándolas menos preparadas para enfrentar la realidad.
Se les ofreció comodidad, pero no siempre fortaleza. Información, pero no necesariamente sabiduría. Tecnología, pero no siempre criterio. Se les habló de derechos, posibilidades y éxito, pero muchas veces se evitó hablar del límite, la responsabilidad, la pérdida y las consecuencias.
El problema no es que los jóvenes hayan recibido una educación optimista. El problema es que se les haya transmitido una visión incompleta del mundo. Nadie puede construir una vida verdaderamente libre si fue educado bajo la ilusión de que toda dificultad es una anomalía, todo fracaso una injusticia y todo dolor un error que alguien más debe solucionar.
Educar no consiste en ocultar la realidad para preservar una infancia artificialmente protegida. Consiste en acompañar a la persona para que pueda mirarla sin quedar destruida por ella. La muerte, la enfermedad, la guerra, la precariedad y el fracaso no deben convertirse en objetos de fascinación ni en motivos de desesperanza, pero tampoco pueden ser expulsados de la conversación educativa.
La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero no puede reemplazar el juicio, la conciencia ni la responsabilidad. Ninguna plataforma enseña por sí sola a distinguir el bien del mal, a perseverar cuando no hay resultados inmediatos o a sostener a otro ser humano en medio de la dificultad.
Por eso este ensayo también interpela a la familia. La familia no tiene que formar hijos incapaces de sufrir, sino personas capaces de atravesar el sufrimiento sin perder la dignidad, la esperanza ni el sentido de responsabilidad. No debe preparar únicamente para aprobar exámenes o ingresar a instituciones, sino para vivir en un mundo incierto y participar en su transformación.
La lucidez de la que habla Bertrand no es pesimismo. Es una forma adulta de esperanza: mirar la realidad completa, sin negar sus heridas y sin entregar el futuro al miedo.
La pregunta que queda abierta es esencial: ¿estamos educando para el mundo que todavía imaginamos o para el mundo real que nuestros hijos tendrán que habitar?
Que la lectura de Bertrand nos empuje a salir de la tibieza. Ese sería el primer paso.

La Peritocracia en el fuero de familia: El Derecho a dudar

"Tu deber es luchar por el derecho; pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia." 
Eduardo J. Couture
(Del cuarto mandamiento de su famoso Decálogo del Abogado).

Por Eloísa Troya 

En su célebre obra sobre la prueba, la doctrina procesalista clásica nos recordó siempre que el juez es el perito de peritos (judex peritus peritorum). Esta máxima no pretendía otorgar al magistrado una omnisciencia absurda sobre la medicina, la contabilidad o la psicología, sino recordarle su deber más sagrado: la soberanía de juzgar. Entonces, hoy creí urgente reflexionar sobre el rol verdadero de los jueces, ya que nunca un juez debería delegar su conciencia ni su valoración racional en un tercero técnico que podría tener sesgos ideológicos, filosóficos o patológicos; más aún, podría caerse en el peligro de juzgar injustamente. Sin embargo, al parecer es lo opuesto, ya que se ha instalado una patología silenciosa que devasta: la abdicación jurisdiccional ante la peritocracia.

El Ocaso de la Presencia

 Por Gabriel Bertrand

Introducción: El eclipse de la velocidad orgánica

La crisis de la medicina contemporánea suele abordarse desde la superficie de sus fallos administrativos o la inequidad en el acceso a sus productos. Sin embargo, una mirada que aspire a la resonancia con la totalidad de los fenómenos debe situar la pregunta en un estrato más profundo: la mutación ontológica del acto médico. Como sociedad, hemos transitado de una práctica basada en la atención flotante y la presencia plena —lo que podríamos denominar la velocidad orgánica del encuentro— hacia una arquitectura técnica de la salud que opera bajo la lógica de la línea de montaje.

Esta transición no fue el producto azaroso del progreso científico, sino una convergencia de paradigmas que se cristalizaron a comienzos del siglo XX. Lo que hoy experimentamos como una deshumanización del encuentro es el resultado de una tecnificación de la mirada que ha priorizado la gestión administrativa sobre el arte del encuentro humano.

Cuando el Estado mece la cuna.

Por Eloísa

Hay decisiones judiciales que, antes de ser analizadas jurídicamente, deben ser nombradas por lo que son, despojadas de toda jerga burocrática. Hoy vengo a hablar de la sustracción de una bebé de seis meses de los brazos de su madre biológica. No existe en el diccionario un solo tecnicismo que logre neutralizar o suavizar el frío peso de este hecho. El expediente judicial podrá etiquetar la maniobra bajo el rótulo de una medida cautelar de custodia provisoria, pero en el territorio de lo real lo que ocurrió fue un desgarro: una niña que todavía mama fue arrancada de su hábitat biológico, 
confinada a la custodia de un tercero colateral ajeno a su linaje de origen, mientras su madre quedaba reducida al vacío emocional y a cuatro horas diarias de visita en un régimen restrictivo y sin derecho a pernocte. Todo esto ocurrió sin un solo maltrato probado, sin una brizna de negligencia documentada y sin ninguna incapacidad psiquiátrica atribuible a la madre. Al contrario, el caso presentaba los controles pediátricos al día, la vacunación estricta y las evidencias más obvias del cuidado entregado con amor.
La resolución judicial que originó esta fractura no se fundó en un daño cierto sobre la niña, sino en un conflicto interpersonal entre adultos, haciendo que fuera castigada por una guerra que no es suya, tomada como rehén de caprichos y de falta de acuerdos. Ese es el punto de partida. Todo lo demás —la neurociencia, el bloque de constitucionalidad, la doctrina de la Corte Interamericana de Derechos Humanos— no hace más que confirmar lo que la razón elemental y el corazón ya saben de antemano: lo que le hicieron a esta niña está mal. Jurídica, científica y humanamente mal.

Agostina también iba a la escuela.


Hay una verdad que aprendí antes de tener palabras para nombrarla. Fui abandonada antes de cumplir dos años. No por el Estado, no por un sistema, no por políticas públicas. Por mis padres. Y lo que me salvó no fue un organismo de protección, no fue una escuela, no fue un protocolo de intervención. Me salvó una mujer mayor, de casi 60 años: mi tía abuela Julia. Ella fue quien me tomó en sus brazos y me enseñó —con su ejemplo, no con discursos— que estudiar no solo saca de la ignorancia. También preserva. Resguarda. Hace libres.
Esa es mi primera fuente. No un tratado jurídico. Una mujer con las manos callosas que entendía algo que muchos doctores en derecho todavía no comprenden: que la educación no es un servicio que se presta. Es un vínculo que se construye. Y ese vínculo, cuando existe, es el escudo más poderoso que un ser humano puede tener frente al mundo.
Hoy quiero hablar sobre eso. Sobre lo que la educación en el hogar protege cuando se ejerce con amor y responsabilidad. Y sobre lo que el Estado destruye cuando pretende que su monopolio sobre la formación de la conciencia es sinónimo de protección. 

La inercia de la conciencia infantil: El materialismo radical y el secuestro de la adultez


Por el Psicólogo Gabriel Bertrand 

La sociedad occidental contemporánea parece atravesada por una paradoja: mientras la tecnología
y la gestión técnica alcanzan niveles de precisión casi quirúrgicos, el desarrollo de la psique
humana parece haber ingresado en una fase de estancamiento, o incluso de regresión. Este
fenómeno no es el resultado de un plan aislado, sino la consecuencia lógica y objetiva de la
evolución del materialismo radical de los últimos siglos; un proceso que ha aplanado la
multidimensionalidad del ser humano hasta convertirlo en un activo contable, un insumo gestionable
por la técnica.

Las madres no deberíamos estar en peligro de Extinción.



Al profundizar en la desgarradora vivencia de la escritora Isabel Salas a través de su obra Materfiesto —fruto de seis años de asfixiante litigio y estudio profundo para salvaguardar a su hija tras una denuncia falsa por parte de su progenitor que la obligó a buscar refugio lejos de su tierra—, emergen reflexiones necesarias sobre cómo la figura materna es sistemáticamente desestimada mediante sutilezas culturales ya normalizadas. 

El Escudo de la Incertidumbre: El Principio de Precaución en la Crianza Moderna

Históricamente, el principio de precaución ha sido la piedra angular del derecho ambiental y la salud pública. Su premisa es tan simple como poderosa: la ausencia de certeza científica absoluta no debe ser excusa para postergar medidas que eviten un daño grave o irreversible. Sin embargo, este concepto ha trascendido los laboratorios y los tratados internacionales para instalarse en el núcleo mismo de la estructura social: la familia. En la crianza, la seguridad de nuestros hijos no es negociable, y la aplicación de este principio es la extensión lógica del deber sagrado de protección.

Soberanía Educativa e Integridad jurídica

Estas ideas nacen de la firme convicción de que el sistema educativo y el sistema judicial deben servir a la verdad y al bienestar del ser humano, y no a la conveniencia de las instituciones o de informes sesgados. Sostendré las mismas bajo los siguientes pilares fundamentales:
La educación es un derecho y una obligación del ser humano, pero la escolarización es solo una de sus vías. Debemos defender que el aprendizaje es intrínseco a la vida y que no puede reducirse exclusivamente a la asistencia o inscripción a un centro.
Reconocemos que, si bien la modalidad educativa desde el hogar es una opción legítima, no buscamos el proselitismo, sino el respeto a la libertad de elección. Eso es lo que se garantiza y protege jurídicamente.



Caso Maitena: Más allá del síntoma.

El doloroso caso de Maitena nos obliga a detenernos y mirar de frente una realidad que preferimos ignorar. No podemos seguir tratando la depresión adolescente como un evento aislado o puramente clínico; sobre todo, porque no lo es.​Maitena era una adolescente de Merlo, Buenos Aires, estudiante y miembro activo de un grupo scout de la parroquia Sagrado Corazón. Quienes la conocían, incluidos sus profesores, la describían como una joven activa, curiosa y aparentemente "normal", lo que subraya el carácter invisible que a menudo reviste el sufrimiento emocional profundo.
​El pasado miércoles 8 de abril de 2026, Maitena salió hacia su escuela junto a su hermana mayor. Al llegar a la puerta, no ingresó; dijo que saludaría a una amiga y desapareció. Tras una búsqueda desesperada de más de 24 horas, su cuerpo fue hallado el jueves 9 de abril en un descampado de General Las Heras, localidad a la que llegó tras viajar sola en tren. Maitena dejó en su casa nueve cartas de despedida, su teléfono celular con la contraseña escrita y correos electrónicos programados para enviarse tras su partida. En sus escritos, expresaba un deseo tan simple como devastador: "quería estar en un lugar tranquilo".

La Civilización frente a la Barbarie del Pensamiento Único.

"¿Tu verdad?  No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela."
Antonio Machado  

Para comprender el verdadero valor de nuestra convivencia, es imperativo deslindar tres dimensiones que el discurso contemporáneo suele confundir peligrosamente: la educación, la socialización y la civilización. Esta distinción no es un mero ejercicio de semántica, sino una frontera antropológica que define si caminamos hacia un pluralismo vibrante o si nos deslizamos hacia una nueva forma de barbarie institucionalizada. Antes de que existieran las leyes, los registros notariales o las constituciones políticas, ya existía el hogar. Es en ese espacio —que debería, por defecto, construirse fértil— donde el niño, que muchas veces nace como una abstracción biológica, comienza a transformarse en la persona que un día integrará la sociedad; es en la intimidad de la crianza, donde se tejen los hilos invisibles de la identidad.

Almas vivas frente a la Burocracia del Vacío

"Amar sin nadie
vaya cosa triste
sin nada que abrazar
ni eva que nos abrace...
Amar con alguien
Vaya cosa buena."
Mario Benedetti 

 

 

Staccato. Moderato...  ma non troppo.

 El 28 de septiembre de 2004, a las 7:35 de la mañana, la aparente calma del Instituto Nº 202 «Islas Malvinas» en Carmen de Patagones se disolvió bajo el fuego de una Browning 9 milímetros. Rafael Solich, un joven de apenas 15 años, disparó contra sus propios compañeros de aula en el primer tiroteo escolar registrado en la historia latinoamericana. Tres adolescentes perdieron la vida; cinco resultaron heridos. El impacto de aquellas balas no solo perforó los muros de una escuela en el sur de mi amada Argentina, sino que desnudó una realidad que, décadas después, se repite con una persistencia aterradora.

Aquel suceso no fue una anomalía aislada. Fue el punto de inflexión de una serie de crímenes protagonizados por adolescentes sometidos a una presión invisible. Hay nombres y fechas que la memoria colectiva, en su afán de autoprotección, se empecina en sepultar. Recuerdo a Leonardo Aguirre en aquel mayo de 1997: un día gélido en el que tomó el arma de su padre gendarme para asesinar a un compañero de clase. También pienso, con un nudo en la garganta, en Javier Ignacio Romero. Le decían “Pantriste”. Soportó burlas diarias, constantes, un martilleo incesante contra su paciencia hasta que aquel viernes 4 de agosto del año 2000, cercado por el hostigamiento, disparó en la puerta de su escuela en Rafael Calzada. Tenía 19 años. Mató a un compañero e hirió a otro.